Sol de justicia

Hace ya varios meses desde que hice esta foto. Terminaba el verano y comenzaban esos días de otoño que tanto me gustan y en los que me entra una especie de histeria inexplicable por hacer cosas diferentes.

Aquella mañana decidí acercarme a fotografiar un lugar que hacía un tiempo había descubierto y en el que tenía ganas de poner a prueba mis dotes como fotógrafa en humilde formación. Ya os he hablado anteriormente de el Puente de la Alcolea.

Pero, como digo, era la época en la que el verano pega los últimos coletazos y el tiempo puede sorprenderte. Cuando salimos de casa el día se presentaba nublado. Por desgracia, unas horas más tarde hacía un calor digno del más intenso de los agostos sureños.

Como consecuencia, las fotos salieron bastante mal. Todo lo que recuerdo es estar en medio de este río seco, con un anaranjado y quebradizo suelo bajo mis pies y un sol de justicia pegándome sobre la cabeza.

Hoy, que salí de casa relativamente abrigada por el fresco que nos ha dejado el fin de semana, ha vuelto a sorprenderme el calor que parece haberse instalado ya en Sevilla. Casi cociéndome al sol a mediodía, no he podido sino acordarme de aquella mañana en el puente.

Puente de la Alcolea

Atardecer bicolor

Era una tarde de finales de septiembre. Habíamos estado todo el día sin parar visitando pueblecitos de los alrededores de Sagres. A la vuelta, no queríamos perdernos la recomendación de ver atardecer en el Cabo de San Vicente. Llegamos con el tiempo justo y nos encontramos el lugar repleto de gente que se amontonaba en las rocas esperando la caída del sol.

Todo el mundo en silencio y de fondo sólo el ruido tranquilo del mar chocando con las rocas más bajas. De repente, el sol decidió empezar a esconderse tras las nubes y comenzar a descender en el horizonte. Y acto seguido el color naranja del cielo se transformaba para dejar ante nuestros ojos un precioso atardecer teñido de rosa y azul.

Atardecer bicolor

La belleza de una sonrisa

A menudo, el estrés, la falta de tiempo y los agobios hacen que nos olvidemos de cosas básicas y nos anquilosamos en una rutina que difícilmente tratamos de romper. Cuando nos hemos acomodado en ella, la abrazamos como si fuese un cojín bien mullidito del sofá.

Era un domingo cualquiera, de un fin de semana cualquiera, algo monótono por haberlo pasado en encerrada en casa estudiando. Ella llevaba días aburrida, como desganada y hacía las cosas casi por inercia más que por ganas. Pero esa tarde de domingo hubo algo que la sacó de aquel aburrimiento y fue lo más sencillo del mundo: una sonrisa arrancada por una fugaz visita de sus sobrinos.

Sonreir