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A mi madre no le gustan los regalos fáciles. Este año para el día de Reyes decidimos sorprenderla. Pasamos de regalos típicos como un pijama, un perfume o un libro y le preparamos algo diferente. Cuando fue consciente de que tendría que hacer barranquismo por la Garganta Verde en Grazalema (Cádiz) a sus taitantos años, la cara le cambió a una tonalidad algo más pálida.

Hace algunas semanas por fin pudimos vivir la aventura. Creo que no me equivoco si digo que a los cuatro (mi madre, Pepe, mi hermano y una servidora) nos encantó la experiencia. De hecho, sospecho que no tardaremos en repetir. La organización estuvo fabulosa y la experiencia fue inolvidable.

Nervios para empezar, descarga de adrenalina en grandes proporciones durante y cansancio -mucho- al final. Comenzamos con casi 2 horas de senderismo desde donde habíamos dejado los coches hasta bajar al barranco. El paisaje escarpado y la vista de las buitreras durante la bajada es impresionante. Una vez llegamos al cauce del río, teníamos que empezar el descenso. Al principio, sorteando enormes piedras e intentarnos no reírnos demasiado de la estampa que formábamos todos los novatos enfundados en nuestros trajes de neopreno, con casco, guantes y arnés incluidos. Después, llegaron las primeras zonas con agua y los divertidos (aunque fríos) saltos a las pozas por toboganes naturales. A continuación el rappel para bajar las paredes más altas. Empezaba el cansancio pero había que seguir.

La última parte fue divertida. Pozas donde el agua te cubría por completo y donde había que nadar;  y un último salto a unos 3.5 metros del agua que a todos nos dió algo de vértigo. Para terminar, zonas con el agua por las rodillas donde los resbalones fueron frecuentes aunque se sobrellevaron con la diversión de las corrientes que nos arrastraban por los manantiales que brotaban a nuestro alrededor.

La experiencia duró unas 6 horas. Yo la repetiría con los ojos cerrados, aunque habrá que arriesgarse con el otro recorrido un poco más largo y de mayor dificultad. Eso sí, vaya descansados y con un buen desayuno en el cuerpo.

PD No pienses que voy a colgar fotos, aún me queda algo de vergüenza. Eso sí, les dejo ver un par de vídeos de mi momento rappelando.

La gente que me conoce sabe que a menudo es frecuente verme con lo que yo llamo “pelos de loca”. Los rizos no casan demasiado bien con la humedad y, en ocasiones, mezclar ambas cosas suele dar fatales resultados.

Afortunadamente es algo que he conseguido interiorizar. Y el día que me levanto con pelos malos, me resigno y santas pascuas. Tampoco es algo nuevo porque me viene de lejos. Genética, vamos.

Fui una pequeñaja de esas con tirabuzones y pelo rubísimo. Por desgracia, de eso ya queda poco. La madre naturaleza sólo me ha dejado un pelo rizado por norma general y el rubio ha dejado paso a un castaño tímido.

Aunque a veces odie tener el pelo así, hay algo que me gusta. Son mis fotos de pequeña con la melena a lo loco. Salir a jugar, correr y divertirme era sinónimo de volver como si acabase de salir de un manicomio.

Pelos de loca

abuelo Se fue cuando todavía lo necesitábamos. Nos quedaron muchas cosas en el tintero. Cosas que decirle, cosas que agradecerle, cosas que recordarle… Se fue nuestro regordete y “pequeño” gran hombre.

Se fue cuando todavía no lo esperábamos. Pensamos que era uno de esos arrechuchos que pasaba con frecuencia y de los que se reponía con cierta facilidad gracias a la botella de oxígeno que lo acompañaba por las noches.

Se fue y ya lo estamos echando de menos. Con él se han ido infinidad de cosas. Se acabó el hacerle rabiar sentándome en su intocable butaca roja; se acabó el decirle que baje el volumen de la tele porque se va a quedar sordo; se acabó el esperar a que cogiera el primer trozo de queso del plato puesto en la mesa; se acabó hacerlo rabiar amenazando con comernos su plato de natillas; se acabó verle la sonrisa cuando le llevabas churros o cualquier otro dulce; se acabó meternos en su oficina para teclear a lo loco en su máquina de escribir o robarle los bolígrafos que tenía contados; se acabó que nos riña porque le hemos tocado sus papeles; se acabó que proteste porque la comida está dura y no la puede masticar o porque el plato no esté listo justo a las 14′30 horas…

Se acabó el verlo en las mediodías de verano en camiseta interior con el ventilador cerca mientras veía los toros; se acabó preguntarle por el Betis; se acabó escucharlo hablar de Semana Santa, del señor del Santo, de Apamys o de las fiestas de la Navahermosa; se acabó verlo ponerse rojo al discutir y soltar un “dejadme que me explique ¡¡coooooño!!”; se acabó escuchar sus quejas cuando algo no se hace a su manera siguiendo estrictas instrucciones; se acabó reirnos mientras duerme la siesta y se le sale la dentadura;  se acabó meternos con sus tremendos ronquidos u odiarle cuando (sonriendo con sarcasmo) levanta la pierna estratégicamente para dejar salir sus olorosos y sonoros gases; se acabó que nos riña porque no lo llamamos mucho; se acabó que nos diga que tenemos que quedar más en familia….

Se acabaron algunas cosas especialmente. Se acabó entrar en su casa gritando y escucharle siempre la misma frase: “Eaaaaaaa ya está la loca aquí”; se acabó que en nochebuena me pida que le cante “Yo pobre gitanilla”; se acabó que en Semana Santa me recuerde que algún año, antes o después, tendré que vestirme de Verónica para que me vea…

Se fue pero tenía previsto hasta el día. Día de San Sebastián y lo despidieron en su Ermita del Santo las imágenes de su Hermandad de los negros, con marchas de fondo y su bufanda del betis al cuello.

Se va el gallo del corral -por algo lo llamaban Manolito el Pollo y a todos los demás nos adjudicaron el mismo mote- pero deja a su gallina al mando del resto del gallinero.

Nos deja la fabulosa lección de una vida  entera aprovechada, luchada y ofrecida a los demás. Nos deja la herencia de una familia que ha sabido quererlo y quererse en todo momento. Nos deja el ejemplo de un resumen de vida que muchos querrían para sí al llegar al final.

Tuvimos el placer de disfrutarlo muchos años y ahora nos toca seguir disfrutándonos tal y como él nos enseñó.

A mi abuelo Manolito.

Cada año por estas fechas hay algo que me recuerda que se acerca la navidad. Mi madre llama por teléfono para recordarnos que hay que escribirle la carta a los Reyes Magos. Tengo 26 años y creo que, desde que lo hice por primera vez, no me he escapado ni una sola navidad sin dirigirme a Sus Majestades. Pueden llamarme infantil si quieren, pero lo disfruto.

Me encanta la navidad. No se por qué, pero me parece una época profundamente entrañable y … me pone tierna, ¡qué quieren que les diga!. Es algo que viene de familia y me encanta.

A pesar de que ya todos somos grandecitos, nos encanta vivir la mañana del 6 de enero. El día anterior nos acostamos temprano y a las 7.30 de la mañana como un clavo mi hermano nos despierta nervioso y a gritos para ir a ver los regalos. Después de ver los de casa, llega la hora de la pelea rutinaria con mi madre: ella que desayunemos algo; nosotros que estamos nerviosos y que queremos seguir viendo regalos.

Suena el teléfono. En casa de mi abuela o alguno de mis tíos ya nos están esperando impacientes. Me lo paso pipa abriendo regalos en familia en todas las casas y espero que esto nunca se pierda.

Este año ya he escrito la carta. La he intentado hacer diferente y creo que ha quedado bien. Empecé con peticiones entrañables, pasé por mis típicos toques de humor y acabé, como era de esperar, siendo un poco materialista.

Quizás caiga una cazadora de cuero, ropa, gafas de sol, algún billetito de avión, un bancohotel…. Aunque con lo buena que he sido, se podían dejar caer con la Canon Eos 45D ¡quién sabe! Por algo son magos ¿no?

Valverde vive estos días lo que algunos llaman una “semana un poco surrealista”, la semana de carnavales en Los Pinos. Unos días en los que el pueblo se queda totalmente vacío y la gente se traslada a sus casas en el campo para pasar unos días en buena compañía, comiendo, riendo, cantando….

Lo que postean de esta semana en Devalverde.es me trae buenos recuerdos y añoranzas. Ver Villa Priva restaurada y recordar paisajes que he recorrido muchas veces de pequeña gracias a mis padres. Podéis echar un vistazo por el álbum que nos dejan.

A mi madre le encantan estos días. Ya dijo que le gusta el carnaval campero de colchones en el suelo y de gente “amontoná”, de pestiños, tortas y empanadillas; de chorizos, costillas y lomitos en la candela; de guisos de frijones y caldereta de papas; de tostás con empella y pucheros de aguardiente; de visitas de amigos y de mucho masconeo”.

Yo añadí que echaba de menos los carnavales en familia de cuando era pequeña. Esa larga semana en la que nos amontonábamos con todos los primos sin hacer nada más que jugar, ensuciarnos y comer. Me acuerdo de carnavales entre las cabras del tío Alejandro, de persecuciones de perdigones, de tardes haciendo cabañas, de los “Anchonio, che quiero una jarcha”, de las mañanas en las que había que hacer turnos para tocar el violín, la flauta y el oboe en Puerto Blanco, de mi títo Joselito comiéndose medio choco asado cada vez que hacía un picadillo delante de la candela…

Otra vez me pierdo este año esa semana. Es lo que tiene trabajar fuera y no tener una semana en blanco. Pero el fin de semana me acercaré para estar con amigos y por lo menos no perderme algunas cosas.

Señoras, señores… ya puedo decir esto públicamente: ¡¡Mi madre es bloguera!! Lo he conseguido. Por fin. Lo intenté animándola por las buenas, pero no dio resultado. Se la tenía guardada para el día de reyes y, entre todos los demás regalos, le colé un blog. Me encantó eso de regalar un blog.

 

Aunque pueda llegar a parecer un regalo algo cutre, a ella también le gustó. Por las buenas, le daba un poco de pereza crearse uno; pero por las malas, ha aceptado entusiasmada el reto de convertirse en bloguera. El título lo elegí yo, aunque no se si lo cambiará algún día. “Aprovechando la coyuntura” se convierte desde ahora en su pequeño rinconcito en la red. Siempre me hizo gracia todo lo que ella usa esa frase cuando quiere mandarte a hacer algo que seguro no te va a apetecer….

 

Está como un niño con zapatos nuevos. Incluso ya ha experimentado sus primeros problemas con wordpress (borrar un post y tener que repetirlo, superar el paso de cómo enlazar las fotos desde flickr…). Se queja un poco porque dice que ¿qué ha hecho ella para merecer esto? pero en el fondo sabe que yo sólo le he devuelto la pelota.

 

Dice que lleva con agradable peso su regalo de reyes. Está como un torero al salir de la plaza antes de una corrida. Acepta el reto de postear y asegura que no piensa abandonar. La verdad es que algo de reto sí que tiene; hasta ayer no tenía ni idea de cómo se hace un blog y se limitaba (como buena madre) a visitar el mío.

 

Pero acepta que tiene lo que se merece. Es lo que tiene criar a hijos hiperactivos y con inquietudes. Tanto estimularnos para ser vivos, para tener hobbies, para intentar ser buenos en aquello que nos gusta, para probar lo nuevo…

 

Cada uno lleva su cruz. La mía ha sido salir una culo-inquieto que se apunta a mil cosas, que no para de maquinar, de pensar en qué más le queda por aprender, de apuntar cosas en la lista de lo que le gusta, de empaparse de todo lo que puede,… ¿De dónde vendría si no mi hiperactividad con tocar el oboe, la guitarra, estudiar sociología en mis ratos libres, estudiar inglés, apuntarme a los cursos que pillo, el gimnasio, el blog, los viajes? ¿Por qué si no me animó a estudiar periodismo en Madrid cuando me podía haber quedado en Sevilla, a conocer a más gente, a abrir mi cabeza? Y me ahorro nombrar lo que tengo pendiente como la fotografía, más viajes…..

Como decía, cada uno lleva su cruz. La suya ahora es convertirse en bloguera. Suerte y bienvenida.