Con la punta de los dedos

Esta foto está tomada en el Parque Güell de Barcelona, aunque podría haberla hecho en cualquier otro lugar. Los artistas callejeros saben bien cómo ganarse a los niños. Soplan, como si estuvieran haciendo magia, y los dejan embobados durante milésimas de segundo observando la enorme pompa de jabón que se eleva sobre sus cabezas.

Unos observan tímidos desde lejos, otros saltan todo lo que pueden al mismo tiempo que estiran su cuerpo en un intento de tocar con la punta de los dedos la burbuja y hacerla explotar.

Con la punta de los dedos

Niños que sacan la lengua…

Me pregunto qué extraña asociación de ideas hacemos cuando somos pequeños para que, nada más vemos aparecer una cámara a nuestro alrededor, nos da por sacar la lengua en lugar de poner nuestra mejor sonrisa como hacemos cuando ya somos mayores. Probablemente será la inocencia que nos evita aquello de tener que posar para la posteridad… ¡qué sano alivio!

:P (II)

:P (I)

Ratos perdidos: Encierro involuntario en la oficina.

Ayer. 21.00 horas. 12 horas de trabajo intenso pero fructífero. Después de haberme caído de la bicicleta el día anterior. Destrozada. Cierro la puerta de la oficina para marcharme a casa y descansar. Llamo al ascensor. Sube. Doy al 0. Baja. Llego al portal. Intento abrir. No puedo. Vuelvo a intentarlo. Imposible. Alguien ha girado una cerradura antigua que nunca se usaba. Busco la llave antigua en mi llavero. La encuentro. Intento abrir. No gira bien. Subo a la oficina. Busco otra llave de repuesto. Bajo de nuevo. No funciona. Llamo a Rocío. Viene a la puerta y le tiro la llave por debajo. Intenta abrir desde fuera. Tampoco es posible. Llamo a mis compañeros por teléfono. Espero. Subo. Llamo a todas las oficinas del edificio. No hay nadie. Valoro la opción de saltarme por alguna ventana. Imposible, todas tienen rejas. No me desespero. Opto por reírme. Abro el cristal de la puerta y al menos hablo con Rocío a través de la reja, como si estuviéramos pelando la pava como antaño. La gente que pasa por la calle nos mira. Pasan 40 minutos de encierro involuntario. Tengo hambre. Por fin, llega mi compañera con la llave salvadora. Me abre la puerta. Estoy liberada. Hoy soy -con razón- el hazme reír de la oficina. Pero tengo una llave nueva.

Sol de justicia

Hace ya varios meses desde que hice esta foto. Terminaba el verano y comenzaban esos días de otoño que tanto me gustan y en los que me entra una especie de histeria inexplicable por hacer cosas diferentes.

Aquella mañana decidí acercarme a fotografiar un lugar que hacía un tiempo había descubierto y en el que tenía ganas de poner a prueba mis dotes como fotógrafa en humilde formación. Ya os he hablado anteriormente de el Puente de la Alcolea.

Pero, como digo, era la época en la que el verano pega los últimos coletazos y el tiempo puede sorprenderte. Cuando salimos de casa el día se presentaba nublado. Por desgracia, unas horas más tarde hacía un calor digno del más intenso de los agostos sureños.

Como consecuencia, las fotos salieron bastante mal. Todo lo que recuerdo es estar en medio de este río seco, con un anaranjado y quebradizo suelo bajo mis pies y un sol de justicia pegándome sobre la cabeza.

Hoy, que salí de casa relativamente abrigada por el fresco que nos ha dejado el fin de semana, ha vuelto a sorprenderme el calor que parece haberse instalado ya en Sevilla. Casi cociéndome al sol a mediodía, no he podido sino acordarme de aquella mañana en el puente.

Puente de la Alcolea