Ser buen músico es difícil. Requiere ensayos, técnica, gusto en la interpretación…, pero admiro especialmente a los músicos que saben improvisar y dejarte con la boca abierta. Reconozco que no escucho Jazz tanto como debería -probablemente por la falta de conocimiento que no termino de suplir con la eterna promesa de un amigo de ponerme al día- y que es un tipo de música que sólo se escuchar en pequeñas dosis, pero es el mejor estilo para descubrir a un buen improvisador.

Hace algunos años que fui a un concierto de Chucho Valdés con una amiga en Madrid. Me había hablado de él, pero confieso que nunca lo había escuchado. Me fascinó. Recuerdo que al día siguiente me puse a buscar su música. Si tuviera que elegir alguno de sus trabajos, creo que me quedaría con Solo Piano o Fantasía Cubana. Es fácil que se imaginen por qué.

Hijo de otro gran pianista, Bebo Valdés, se ha hecho un buen hueco entre los intérpretes de jazz y reconoce que al improvisar, hay que jugársela. Supongo que lo dice llenándose la boca porque sabe que es su punto fuerte.

Para nuestro último día en Suiza teníamos reservada la que al final resultó ser, como esperábamos, la mejor visita. Tuvimos que madrugar y ponernos en camino temprano ya que desde Yverdon tardábamos un ratito en llegar y queríamos exprimir el día al máximo.

 

Interlaken se encuentra en la parte alemana de Suiza, al este del país. Es un inmenso valle en medio de los alpes franceses coronado por los picos del Mönch, Eiger y el Jungfrau que alberga el glaciar Aletschgletscher. Las gigantescas montañas se levantan desde las orillas de los lagos Brienz y Thun y en un pequeño trozo de tierra entre los dos se sitúa el pueblo de Interlaken.

 

El paisaje es difícil de describir pero resulta impresionante verlo. Para mí uno de los parajes más bellos que he visto hasta ahora. Ver el lago, las montañas nevadas, el glaciar, las casas… todo en un golpe de vista, me alucinó.

 

Entramos por el Thun y decidimos ir hasta el centro en Interlaken Este. Subimos todo lo alto que pudimos para ver la montaña y porque nuestros dos acompañantes pretendían esquiar. El viento les fastidió el día porque las pistas estaban cerradas, así que se unieron a nuestra ruta. Paseamos un rato adentrándonos por un camino por la montaña y nos tiramos un poco de nieve. La vista del glaciar es impresionante. Después volvimos a bajar.

 

Teníamos dudas sobre si seguir subiendo hasta el pico más alto, el Jungfrau, para contemplar la que dicen es la mejor vista de Europa. La duda era simplemente económica, ya que hay que subir unos 6 kilómetros en un tren cremallera escalando la montaña y el mini-paseito cuesta 90 euros por barba.

Preguntamos y nos dijeron que con el viento que hacía y la niebla no estaba subiendo casi nadie porque no se veía absolutamente nada. Así que nos quedamos con las ganas… Creo que tendremos que volver algún día para verlo.

 

Empezamos a bordear los pueblecitos del lago por Grindellwald, Iseltwad y Boningen. Paramos a comer un rápido kebap y continuamos por Beatenberg, Spiez, Faulassee y Leissigen. Creo que los 4 estuvimos de acuerdo en el maravilloso paisaje. Muertos de cansancio y con la satisfacción de haber aprovechado nuestros días en Suiza, volvimos a casa. Nos dejábamos Zurich, Basilea y Lucerna por ver, pero había merecido la pena. Tendremos que volver.

 

El cuarto día en tierras Suizas fue bastante movidito. Nos levantamos relinchando porque la noche anterior mi hermano y Coca-Colo nos habían cocinado una maravillosa carne de caballo para cenar. La carne es bastante cara en este país, así que hay que adaptarse a las ofertas de los supermercados y aquel día tocó comerse al equino.

El día amaneció lluvioso, nublado y frío (por primera vez desde nuestra llegada), lo que nos contrarió bastante. La primera parada era Montreux y el Castillo de Chillón (el mejor conservado de Europa), construido a orillas del Lago Leman y con alucinantes vistas a los alpes franceses.

Después de aguantar la lluvia en el coche, tuvimos suerte porque al llegar, aunque todavía caían algunas gotas, el día estaba despejado. Pudimos ver la impresionante imagen del castillo con el lago y las montañas de fondo.

La entrada nos salió muy barata gracias a que todavía somos jóvenes (ejem) y merece la pena entrar. La visita puede llevarte más de una hora según lo que quieras pararte en cada estancia. Está todo perfectamente conservado y, para mi gusto, lo mejor es asomarse a las ventanas para disfrutar el paisaje. Pasamos por salones, habitaciones, bodegas, baños, torres de defensa, torres de vigilancia, cuartos de armaduras, y hasta la antigua cárcel donde hay una placa que recuerda la estancia de Lord Byron y unos grilletes que atrajeron la atención de Coca-Colo.

Dimos un rápido paseo por el pueblo que, siendo sinceros, no nos gustó demasiado y pusimos rumbo a Lausanne.

Antes de llegar a Suiza, pensaba que a esta ciudad no tendríamos que dedicarle mucho tiempo. No se por qué pero tenía la idea de que era una ciudad pequeñita de paso en la que había poco más que el Comité Olímpico. Me equivoqué porque Lausanne me encantó. Por sus edificios, sus calles empinadas, sus rincones, su catedral, las vistas al lago, el castillo, las plazas que se esconden por el centro….

Llegamos al centro pasando por la estación de ferrocarril, un bonito edificio que es sólo un anticipo de los que vendrán después. Desembocamos en la plaza de St Francois donde vimos la Iglesia y los espectaculares edificios que hay a su espalda: si no me equivoco, el Hotel de la Ville y el Hotel de la Poste.

Desde ahí, empezamos a subir las empinadas calles en busca del centro. Tan sólo pasear y encontrarte con curiosos rincones es un placer. Llegamos a la Place de la Palud con su típica fuente. Nos dijeron que en verano se llena de terrazas, pero ahora sólo había gente paseando.

Paramos para comer y a continuación decidimos ir subiendo en dirección al castillo y la catedral. Pasamos por la Plaza Central y entramos en el Palais de Rumine, edificio precioso y que hoy contiene diversos museos. Entramos en una exposición que nos dejó boquiabiertos. No por buena, sino por surrealista. Quizás es que yo no entiendo el arte, pero sólo diré que una de las obras centrales era un cuadro en 3 espacios que mostraba a María Auxiliadora con diferentes parejas: Superman, CheGuevara y uno más que no recuerdo.

Ya nos esperaban el Castillo, la gran academia y la Catedral de Notre Dame en lo más alto de la ciudad. Aquí vivimos más anécdotas de esas que te suceden si viajas con el Coca Colo. En la plaza del castillo, nos encontramos con el acto de graduación de un grupo de policías. Había autoridades, gente importante…. Y nosotros tres. Como al niño le hacía ilusión hacerse una foto con uno de los premiados con la graduación policial, nos metimos en medio de la marabunta….. he aquí el resultado.

Después de eso, nos encontramos la catedral por fuera en obras. Nos costó encontrar la puerta de entrada. Menos mal que Coca Colo decidió entrar por un escondrijo y cuando nos dimos cuenta salió de allí hablando con un improvisado colega que resultó ser gallego de toda la vida y que era albañil en las obras de reforma del edificio.

Desde lo más alto, las vistas de la ciudad con el lago y las montañas nevadas al fondo es alucinante. Nos quedamos con esta imagen y volvimos a casa.

Todavía no habíamos visto Yverdon, y eso que llevábamos allí varios días. Es un pueblo pequeñito, pero un paseo por el centro no está de más. Como era de esperar, tiene castillo. Anduvimos por las típicas calles y decidimos por fin comprar chocolate para traer. De nuevo, otra anécdota de nuestro compi-viajero.

Entró en una tienda y descubrió que vendían cajas de bombones por 1 franco (menos de un euro) así que la compró. El problema fue que cuando salimos, se dio cuenta de que estaba caducada…. Volvimos y trifulca con la dueña del local… Ella, plantada en el mostrador con toda su cara, le decía que ¡qué esperaba por 1 franco! ¡que por supuesto que estaban caducados! Así que el tiró su franco y nos fuimos sin chocolate a comprarlo a otro sitio.

Se había acabado nuestro penúltimo día en Suiza. Pero al siguiente nos esperaba lo mejor: Interlaken.

El tercer día ya estábamos más que adaptadas al ritmo de vida suizo. A las 7 de la tarde no hay quien se tome un café en la calle, cierran absolutamente todo. Así que la opción es irse a casa temprano, cenar y a dormir para madrugar bastante más que en España.

 

Nos volvimos a levantar temprano y empezamos a conducir en dirección al pueblecito de Gruyere. Decidimos ir por carretera porque alguien nos había dicho que el paisaje era bonito. Lo fue, sin duda. Pero nos perdimos.

 

Cuando nos dimos cuenta, estábamos bastante más al norte, en Payerne. Ya puestos, decidimos entrar a ver el pueblo. No tiene demasiado pero, una vez allí, se puede visitar la plaza medieval donde se encuentra la iglesia. Casualmente justo al lado está la oficina de turismo, así que conseguimos que nos dieran las indicaciones necesarias para llegar a Gruyere.

 

Pasamos por el lago de gruyere y disfrutamos de las hermosas vistas de Le Moleson. Nos desviamos en Bulle, una población grande y con bastante movimiento pero con nada que visitar, al menos que nosotras supiéramos. Llegamos a Gruyere y nos volvimos a trasladar de nuevo a la Suiza Medieval.

 

Es un pueblo muy pequeño, pero que merece la pena ver. Eso sí, está totalmente pensado para el turismo. Metido en medio de las montañas tiene unas panorámicas preciosas y además me gustó el empedrado de las calles, el castillo, las típicas casitas y las vistas al Moleson. Por lo poco que vimos, es un sitio muy apto para ir en verano. Verlo verde debe ser igualmente magnífico y además cuentan con muchas actividades organizadas en la montaña.

 

Una vez visto, nos esperaba de nuevo la zona del Lago Leman con Vevey. Junto con Montreaux, nos habían dicho que era una zona turística de gente con pasta; más o menos la Marbella Suiza. Sólo en parte me pareció cierto porque, a pesar de respirarse un ambiente turístico, mantienen perfectamente el encanto de un pueblecito al lado del lago.

 

Paseamos por el centro pero sobre todo por la zona del lago. Para mi gusto, son las mejores vistas del Leman. Visitamos el Alimentarium de Nestlé y nos hicimos la foto de rigor con Charles Chaplin, natural de esta ciudad. El Alimentarium nos decepcionó un poco, porque esperábamos encontrar un sitio en el que se explicara el proceso de fabricación del chocolate y nos encontramos con una especie de exposición de productos del grupo y de correctos hábitos de alimentación.

Eso sí, nos gustaron dos cosas: una maquinita que te daba todas las chocolatinas que quisieras (…tuve que tirar de Rocío para irnos…) y una especie de rueda de hámster gigante que hizo mis delicias.

 

Ya por la tarde, volvimos a Yverdon a recoger a mi hermano que salía de clase. Por la noche teníamos que ir a recoger a José, más conocido como Coca-Colo, a Ginebra, así que decidimos ir por carretera y pararnos en Morges y Rolle.

 

Fue otro día precioso en este país aunque llegamos tarde y bastante cansados. Pero ya teníamos claro que Suiza era el lugar de los castillos y los pueblos medievales.

Para nuestro segundo día por tierras Suizas teníamos una ruta pensada que nos llevaría prácticamente toda la jornada. Decidimos levantarnos temprano en Yverdon y pusimos rumbo a Neuchatel, una pequeña ciudad a orillas del lago que le da nombre y cuyas aguas también bañan Yverdon.

En coche se tarda poco y además si vas por carretera hay paisajes que merecen la pena. Esta pequeña villa sorprende por las callejuelas del centro y un par de lugares que no hay que perderse. Es un ejemplo más de ciudad medieval a la que te acostumbras cuando pasas varios días en el país pero que sorprende mucho cuando llegas.

Tras aparcar por la zona del puerto, nos sorprendimos al llegar al Hotel Du Peyrou. Tanto el edificio como los jardines son preciosos. Desde ahí nos fuimos paseando hasta la zona del Ayuntamiento, la plaza del Hotel Communal y el Hotel de la Villa. Desembocamos en la Rue De L´Hospital, una calle que te lleva hasta deliciosas esquinas donde observar un simple edificio o las fuentes tan numerosas en las ciudades suizas.

Continuamos subiendo por la Rue de Chateau y nos topamos con la fuente de la justicia y la fuente de Banneret en dos maravillosos rincones. Al final de la calle, nos recibieron la Colegiata y el Castillo con geniales vistas al lago y las montañas.

De la colegiata nos gustó especialmente el claustro. También nos encantó igualmente el interior del castillo. Además nos sorprendió el buen estado de conservación y el colorido del patio, las puertas y ventanas.

Visto Neuchatel, nos dirigimos a Berna. Es una ciudad fascinante, uno de los lugares con los que me quedo de este viaje.

Berna fue destrozada por un enorme fuego hace 600 años. Las llamas acabaron con la ciudad por completo, pero los habitantes decidieron entonces sacar fuerzas de la desgracia y lo reconstruyeron todo, erigiendo en piedra lo que antes había sido de madera. Así nació la actual capital del país y una de las ciudades señoriales más hermosas de Europa.

Es una delicia perderse por el corazón medieval de una ciudad que surgió de las cenizas y que prácticamente no ha cambiado en los últimos 6 siglos. El trazado, los edificios, las calles y los monumentos siguen siendo los mismos.

Se siente la Edad Media mirando en cada rincón, caminando por las callejuelas de adoquines, observando las casas, las fuentes, los puentes… Ahora creo que es verdad eso que dicen de que Berna es una ciudad para conocer a base de paseos impecables.

Llegamos caminando a la Barenplatz (plaza del parlamento), donde nos sorprendieron los edificios que se levantan alrededor de la enorme plaza. Desde ahí, seguimos hasta el casino para empezar a perdernos por las calles que llevan hasta la catedral. Por todos lados se ven figuras de osos (símbolo de berna) y fuentes de todo tipo.

Paramos para comer y seguimos paseando por la Marktgasse y la Kramgasse, flanqueadas por la torre del reloj (la famosa Zytglogge) y la torre de la prisión. Además nos metimos por las numerosas calles colindantes para echar un vistazo. Los relojes son verdaderas máquinas del tiempo que aún hoy muestran las horas del día, la posición del sol en el zodiaco, el día de la semana, la fecha y el mes, las fases de la luna y la altura del sol sobre el horizonte en cada momento del año.

Cruzamos el puente Untertorbrucke para contemplar las magníficas vistas de la ciudad atravesada por el río Aar. Estupendas panorámicas. Lo hicimos creyendo además que el foso de los osos estaba en aquella dirección, pero nos volvimos sin encontrarlo. Tampoco teníamos tiempo ya de pararnos en el Rosengarten, nos esperaba el siguiente destino.

Nos marchamos de Berna habiendo observado la maravillosa historia preservada en esta ciudad y entendiendo todo lo que se ha perdido en el resto de Europa con ciudades destrozadas por las guerras mundiales.

Después de otro ratito en el coche, llegamos a la última parada del día: Friburgo. No íbamos desde España con intención de visitar este pueblecito, pero nos lo recomendaron y la verdad es que acertamos.

Aquí no hay demasiadas cosas concretas que visitar, salvo la catedral de San Nicolás. El resto es perderse por las calles y plazas de la parte baja de la ciudad. Subiendo a la parte alta por una bonita calle nos encontramos con un músico que nos dejó impresionadas. Intentamos grabar vídeos de lo que hacía, pero no los quiero poner porque empequeñecen lo que este tipo conseguía.

Tocaba un raro instrumento que parecía un escudo militar puesto boca abajo. Le sacaba un sonido exquisito que era capaz de acompañar con su voz. Pero no una simple voz bonita, sino una garganta que era capaz de sacar dos sonidos simultáneos e independientes que hacían creer que cantaban dos personas en lugar de una. Aún me pregunto cómo podía hacer eso. El tipo era pintoresco. Me encantó pasar un rato escuchándolo.

Después de eso, volvimos a Yverdon. Unas compritas con mi hermano y a casa a charlar, cenar y a dormir.

Nuestra visita a Suiza empezó en Ginebra. Espero que a nadie le importe si digo que esto ha sido lo que menos me ha gustado de todo el viaje, quizás por ser lo menos impresionante. El viaje ha salido perfecto porque todo ha ido in crescendo y cada día lo que veíamos superaba lo del día anterior.

Llegamos al aeropuerto, después de madrugar en Madrid, sobre las 11 de la mañana. Pasamos a recoger nuestro coche (alquilado) y nos fuimos de inmediato a conocer la ciudad.

Ginebra es una ciudad pequeña, lo que permite verla bien en unas cuantas horas y además hace posible que puedas hacer todo el recorrido a pie disfrutando de cada una de sus calles.

Empezamos por las calles que rodean la catedral de Saint Peter, subiendo desde el puente del Mont Blanc que pasa por encima del lago Leman. De esta catedral lo que más merece la pena es la pequeña capilla que se encuentra a la derecha, de la que sorprenden las vidrieras y el llamativo e inesperado colorido de las paredes.

Después paseamos un poco por las calles de la parte vieja de la ciudad y pasamos por el museo de la reforma. Hicimos una obligada parada para comer y reponer algo de fuerzas.

La siguiente visita era la zona de la Universidad y el Parque de los Bastiones, donde se puede encontrar el Muro de la Reforma. Es un paseo agradable si hace buen día como nos pasó a nosotros, pero la verdad es que este sitio no tiene demasiado que ver. Lo único curioso son los ajedreces gigantes donde puedes encontrar a muchas personas jugando diferentes partidas y a otras tantas examinando cada uno de sus movimientos.

Caminando unos metros nos encontramos con la Place Neuve, uno de los mejores lugares de la ciudad. En la plaza sorprenden dos deliciosos edificios: el conservatorio de música y el Gran Teatro. Justo al lado, el Rath Museum queda un poco empequeñecido.

Desde ahí subimos la empinada cuesta hasta el Hotel de la Villa y a continuación la Plaza de Bourg de Four, el centro de la ciudad vieja y una magnífica muestra de la arquitectura tradicional genovesa. Es una delicia pasear por ahí viendo terrazas, cafeterías y pintorescos edificios.

Bajamos por el Palais de Justice hasta el Jardin de Anglais, de nuevo junto al lago. Ahí nos hicimos la foto de rigor junto al reloj de flores y caminamos hasta el Jet d´eau, símbolo de la ciudad. Salvo por un par de cisnes y las fabulosas vistas al lago y el otro lado de la ciudad, no había mucho que ver interesante. Un enorme chorro de agua tampoco es que sea un atracción apasionante.

Pasamos de nuevo el puente y nos acercamos a ver el monumento de Brunsckwick, por curiosidad y por cubrir el expediente más que por otra cosa. Por último, un paseo por la Rue du Rhone y a buscar nuestro coche. Pusimos rumbo a Lausanne y de ahí a Yverdon donde teníamos que recoger a mi hermano.

Cuando llegamos, sus amigos nos tenían preparada una raclette, así que no tardamos en degustar uno de los platos típicos suizos. Después de eso, no dimos para mucho más que dormir. Al día siguiente se presentaba otra jornada completita.

Aunque muchos no paren de recordármelo, no se preocupen, no me olvido de que tengo pendientes varios post sobre nuestro viaje a Suiza. Pero créanme cuando digo que aún no he tenido tiempo ni siquiera para descargar las fotos de la cámara y echarles un vistazo. Menos aún para subirlas al Flickr y empezar a escribir algo.

 

Siento estar atravesando unos días de semi-abandono del blog, pero la vuelta de vacaciones siempre es desastrosa en la oficina. De todos modos, espero poder poner algo a partir de mañana. Prometo cumplir mi palabra.

 

Por ahora, mi hermano ha colgado algunas fotos, así que os dejo un par del castillo de Chillon en Montreaux para que la espera se haga un poco más amena.

Ayer volvimos más que cansadas después de 3 días en Madrid y 5 en Suiza. De Madrid hay poco que decir. Aproveché para estar con mis amigas, comer, charlar, pasear….

De Suiza tendré que contar largo y tendido. Como es típico después de vacaciones, tengo el trabajo amontonado en la oficina. Pero prometo empezar a escribir esta noche de todo lo que hemos visto. Hemos pasado por Ginebra, Neuchatel, Friburgo, Berna, Gruyere, Vevey, Montreaux, Lausanne, Interlaken…. Hemos tenido que dejarnos Zurich y Basilea para una futura visita. Ha merecido la pena.

Esta noche empezamos a contar…

Reconozco que hasta hace dos semanas no tenía ni idea de quién era Miguel Poveda. Me lo ha descubierto Rocío grabándome un disco para que no me aburra mientras conduzco. Dicen, con razón, que es la más grande promesa del flamenco. Hay quien se atreve a compararlo con Camarón en lo musical; la parte de mito la dejamos por ahora.

Llevo una semana escuchándolo cada vez que me monto en el coche. Me gusta. De momento, con lo poco que he escuchado, me quedo con “Lamento por bulerías”. No he encontrado ningún video, así que os dejo otro igualmente bueno de unos tangos…

Conocí a Victoriano Izquierdo como fotógrafo oficial en el EBE. Al principio me pareció extraño que un chico de 16 años fuese fotógrafo oficial. Cuando vi sus trabajos, me quedé alucinada. Me cuento entre sus fans. Ya entonces dije que era un genio.

Ahora he visto que Público está sacando sus fotos bajo “Ojo Público“. Como anzuelo, os dejo la de hoy…

Cuando cesa la tormenta en la ciudad, en la tarde noche, los pájaros empiezan a volar para secar sus plumas, y como reflejo de lo ocurrido los charcos quedan ahí para salpicar . Las luces de las farolas le dan a la ciudad un aire de tristeza y de melancolía, y mientras, la gente cierra los paraguas y se produce un silencio sepulcral. Y es que todos volvemos a casa, a descansar después de una dura jornada laboral.

Post relacionados:
Victoriano Izquierdo, un genio
Se acabó el EBE 07 

 

Page 1 of 2