Postales desde Dublín: Acantilados de Moher

Cuando piensas en empezar a conocer Irlanda más allá de Dublín, es cuando empiezas a soñar con ir al Condado de Clare. Dicen que es uno de los lugares más encantadores del país, aunque aún no conozco lo suficiente Irlanda como para hacer tal afirmación.

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Su costa combina la imponente belleza natural de un litoral recortado por el mar con paisajes únicos azotados por el viento. Cuentan que su naturaleza y su océano se citan cada día en la costa. El atlántico la erosiona para regalar a los irlandeses paisajes tan increíbles y hermosos como los Acantilados de Moher.

Dicen que estos acantilados son la mejor muestra de la lucha titánica que mantienen la tierra y el mar a lo largo de la costa irlandesa. Cuando estás allí, con las piernas flojas a 1 metro del precipio, comprendes lo verdadera que es esta frase.

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Estos acantilados, totalmente verticales, se elevan más de 200 metros sobre el imponente mar que rompe a sus pies. Tanta fama te hace pagar un precio: es imposible dar un paseo en soledad, porque los turistas te rodean allá donde vayas. La afluencia de gente ha provocado que los miradores al borde de los acantilados hayan sido rodeados por un muro de 1,5 metros de altura para evitar que la gente se acerque demasiado, pero que dificulta al mismo tiempo la visión.

Sin embargo, basta con caminar 15 minutos más allá del final del muro, ignorar esa señal que dice que “si avanzas desde aquí, lo haces bajo tu propia responsabilidad” y encontrarte con una de las mejores vistas de Irlanda. Saltarse el muro no creáis que es gran cosa. Simplemente lo han puesto porque tenían que hacerlo, pero no es peligroso caminar más allá de él y, de hecho, el 95% de los visitantes lo hace.

Mi consejo es ir con tiempo y reservar media hora sencillamente para sentarse en algún punto, sentir el tremendo viento en la cara y contemplar el mar y las islas Arran, los montes Connemara y Galway a lo lejos.