13 COSAS QUE HE APRENDIDO VIVIENDO 3 AÑOS Y 3 MESES EN BARCELONA

Foto Barcelona 2013

Voy sentada en el AVE. Acabo de despedirme de Barcelona y de toda la gente que he conocido ahí en estos más de 3 años. La última semana me ha costado mucho emocionalmente. Y me ha sorprendido que haya sido así.

Vine a Barcelona el 6 de febrero de 2014 (y la ciudad me recibía exactamente como en la foto) enfadada por tener que vivir aquí. Me voy con amigos y muchas experiencias en la mochila.

Escribo esto no para vosotros, sino para mi misma. Porque siempre está bien pararse a pensar qué has aprendido en una etapa antes de empezar la siguiente. Tengo 3 horas de tren para hacerlo así que vamos allá 😉 

1. No podía permitirme ser vergonzosa ni perezosa

Llegué a Barcelona con pocas ganas, muy pocas ganas. Hacía pocos meses que había vuelto de vivir feliz en Dublín y estaba buscando trabajo en Madrid. En el camino se me fastidiaron los planes y el trabajo salió sin buscarlo en Barcelona. El proyecto molaba, así que hice las maletas y me fui. 

Pero como decía, lo hice con poquísimas ganas. Era una ciudad en la que nunca me había planteado vivir y, en principio, no tenía noticias de que nadie conocido viviera allí, así que me daba muchísima pereza. 

Encima llegas y te encuentras con la mala noticia: Barcelona es una ciudad complicada en la que cuesta empezar a sentirse bien. Si no conoces prácticamente a nadie y tienes que montar tu vida desde cero, estarás fastidiado unos meses. Vale, los tópicos no molan pero… hay uno al que puedes hacer caso: los catalanes son cerrados. Cuesta entrar en sus círculos. Muuuuuuuucho. Pero ¡también hay buenas noticias! Una vez que entres, serás uno más. 

Me prohibí dos cosas: la vergüenza y la pereza. Si quería tener planes, tenía que salir a la calle. Me apunté a decenas de actividades donde no conocía a nadie, le eché morro, machaqué el teléfono de los pocos a los que iba conociendo y era una máquina de proponer planes sin parar… porque de cada 10 que proponía al principio, sólo uno salía adelante. Decidí empezar por gente no-catalana. Así era más fácil encontrar a los que estaban tan solos como yo y, poco a poco, me iba montando mini-grupos con los que ir al cine, al teatro, de brunch, a la montaña, a hablar inglés… 

2. Sentirse a gusto en una ciudad nueva lleva su tiempo, pero se consigue

Ésta es una de las grandes lecciones que he aprendido. No importa cuánto cueste al principio; si te esfuerzas, al final te haces con un hueco en cualquier lugar del mundo. Porque tú acabas adaptándote un poquito a él y logras que él se adapte también a ti. 

Mis primeros meses fueron catastróficos. Tanto que estuve a punto de volverme. Yo… que pensaba que después de haber vivido en Madrid y Dublín tendría fácil adaptarme a cualquier ciudad nueva. Sin embargo, ahora conservo amigos de mis dos trabajos, de clases de inglés, de los comilones y bebedores de Yelp, he estado rodeada de catalanes en la Coral y me llevo en el bolsillo a muchos conocidos de la banda de música. 

Ya tengo la suerte de vivir con esa tranquilidad. Se que podría adaptarme a vivir en cualquier lugar del mundo. En todos echaría algo de menos, pero en todos también aprendería a amar algo diferente. 

3. He crecido y me he conocido más y mejor

He pasado mucho tiempo sola. Por eso fue importante darme cuenta de que tenía que aprender a hacer cosas conmigo misma: pasear, ir al cine, visitar un museo, salir a tomarme un café y una buena tarta, buscar un parque para leer, encontrar mis rincones favoritos para volver cada cierto tiempo… Y aprovechar la ocasión para pensar, analizarme y conocerme. Incluso se me abrió la mente tanto que acabé aprendiendo que un psicólogo puede ser la mejor guía para entenderte y soportarte. 

Ahora se mucho mejor quién soy. He crecido. He corregido cosas que descubrí que no me gustaban. He potenciado las que me parece que me hacen mejor persona. Soy más fuerte y más segura que antes. Y, sin ser pretenciosa, me siento más familiar, más cercana a mis amigos, más simpática y más divertida.  Y todo eso es muy bueno. 

4. He soltado lastre. Y se han recolocado prioridades, aficiones, amigos…

Estar lejos de muchas cosas que antes tenías por inercia y sin tener que esforzarte nada te ayuda a ver las cosas mejor. De manera natural me he dado cuenta de quién estaba, está y estará siempre cerca. Pero también he descubierto quién era accesorio. Se quién me llamará por teléfono cuando necesite algo y a quién molestaré cuando me haga falta sin importarme la hora. 

He clasificado a familiares, amigos y conocidos. Sé qué esperar de cada uno y qué dar a cada uno. Y me ha pasado lo mismo con el tiempo libre. Abandoné cosas que hacía pero que en realidad no disfrutaba. Retomé otras que tenías olvidadas y que, aunque no me acordaba, echaba de menos. Y descubrí otras nuevas ni siquiera sabía que existían. 

5. Me ha tocado esforzarme

Adaptarte se consigue. Pero no es gratis. Ya lo he dicho más arriba. Barcelona te obliga a trabajar para estar bien. Di adiós a la pereza y a la vergüenza. Pero cuando lo consigues ¡mola mucho saber que has sido capaz de hacerlo!

6. He tenido que sacar mi lado camaleónico

No he dicho que no a nada (las proposiciones indecentes o ilegales no cuentan). Me he adaptado, he probado y he hecho todo lo que me han propuesto. Una ciudad nueva es el momento perfecto para ir a todas partes. 

Si algo no te gusta, ya tendrás tiempo de decidir que no quieres repetir. Pero cuanto más pruebes, a más gente conocerás. Y de todas las personas a las que conozcas, al final podrás quedarte con las que de verdad te gusten. Si no lo haces y te limitas a conocer sólo a los que te lo ponen fácil, te estarás perdiendo gran parte de la experiencia. 

7. Lo familiar y rutinario se echa siempre de menos

Echas de menos muchas cosas. Un café improvisado con amigos. Un domingo de tirarte en el sofá con tus primos y cotillear. Un día de echarle morro e ir a casa de tu madre a comer y llevarte el tupper para el día siguiente…. 

Cuando estás lejos, pasar un fin de semana de visita entre familia y amigos sin ningún plan especial más allá de que te dediquen su tiempo ya te parece un gran plan. Y al final te darás cuenta de que siempre acabas repartiendo tu tiempo con casi la misma gente, porque has soltado lastre y te centras en los importantes. Vale, siempre te falta tiempo para ver a alguien importante… pero esos lo entienden y te perdonan. 

8. Y descubres qué es accesorio

Ni más ni menos que lo que no echas de menos o no necesitas en 3 años fuera. Si estando aquí no he dicho “lo necesito”, es que no era tan imprescindible

9. Los tópicos son una mierda, aunque en buena parte son ciertos. Supéralos. Cuanto antes te olvides de ellos, antes te adaptarás. 

Los catalanes son cerrados. Cuesta acercarse a ellos. Cuesta que te hagan caso. Cuesta que te incluyan en sus planes.

Un catalán por definición no improvisa. Si quieres tomarte una cerveza con uno, no esperes que responda que sí sobre la marcha. Planifícalo. Dile un par de días antes (o incluso semanas) que te apetece quedar. 

Los domingos suelen pasar el día con sus familias, o al menos ésa es mi experiencia. Si el domingo quieres tener planes, procura no hacerlos con un catalán. Es bastante probable que vaya a comer a casa de sus padres o a casa de sus suegros. 

Estos son sólo dos ejemplos tontos. Pero aceptar que los catalanes eran de otra forma fue la clave para conocerlos y adaptarme para disfrutarlos. Y una vez que lo logras, descubres la buena gente que hay ahí. Porque de eso sí que no vais a convencerme. En 3 años me he cruzado con decenas de personas maravillosas y tan sólo con un catalán idiota que cumple todos los tópicos absurdos que muchos tenéis en la cabeza. 

Eso sí… no me quedé sólo en los catalanes. Una de las mejores cosas de Barcelona es la cantidad de gente de fuera con ganas de compartir cervezas, vermús y bravas que hay. En este tiempo yo he conocido a asturianos, gallegos, argentinos, franceses, alemanes, holandeses, maños, extremeños, andaluces (¡cómo no!), valencianos, irlandeses….

De todos aprendí algo y encontré el balance. La mejor amiga que me llevo en el bolsillo es vasca (Barakaldo, para más señas) y otra persona muy especial a la que también le dejé un trocito de mi allí es catalana.  

10. Las ciudades con mar molan

Para mi, que no soy especialmente amante del mar ni la playa, éste ha sido otro gran descubrimiento. Una ciudad con mar mola mucho. Para pasear, para ir a comer, para ir a que te de el viento en la cara, para escaparte a un pueblo costero un fin de semana… 

11. Pero tener a la familia y amigos lejos mola cada vez menos

Te dejan triste sobre todo tres cosas: 1) Los sobrinos pequeños que van creciendo sin que tú estés en su día a día perdiéndote cosas preciosas 2) Las abuelas que se van haciendo mayores y a las que ves envejecer en la distancia 3) Los momentos que son duros para tu familia y en los que tú no puedes ayudar o sencillamente estar presente porque tu trabajo está a más de 1000 kilómetros de distancia. 

12. Por mucho que te costase venir, te costará más aún despedirte

Al llegar, lloré mucho por no adaptarme a Barcelona. Ahora que me vuelvo he llorado todavía más. No es malo. Es normal. Es una ciudad que me costó mucho al principio. Pero donde he conocido a gente fenomenal, he hecho amigos, he descubierto rincones… Es una ciudad que he disfrutado mucho. Y de lo que uno disfruta siempre cuesta despedirse. 

13. El trabajo para mi es importante y, de momento, lo que me divierto y lo que aprendo compensa los esfuerzos que tengo que hacer

Nadie me ha obligado a estar aquí este tiempo. Igual que nadie me ha obligado a venirme a Madrid. Lo he hecho porque quería y porque decidí que era bueno para mi en lo profesional, aunque lo personal tirase por otros derroteros. 

Y aún así ha compensado. Porque compruebo una vez más que todo lo que disfruto en mi tiempo libre lo hago gracias a que dedico mi tiempo en el trabajo a cosas que me llenan y que me hacen aprender, esforzarme y superarme cada día. Y descubrir esto también es importante porque ¿quién sabe? Si hubiera llegado a otra conclusión, quizás ahora no estaría escribiendo esto. 

¿Y ahora qué?

Ahora toca empezar una nueva etapa muy apasionante. Disfrutar de un trabajo que tiene pinta de que va a molar mucho y re-enamorarme de una ciudad donde pasé 8 años estupendos. 

Los de Barcelona, venid de visita e invitadme a vuestras casas para hacer escapadas de fin de semana.

Los de Madrid, proponedme planes y sacadme de paseo que no quiero tener que escribir otro post como éste dentro de unos años diciendo que me costó mucho empezar a vivir aquí 😉 

La Barceloneta, una historia de amor-odio

Una de las cosas que más aprecio de vivir en Barcelona es que sea una ciudad con mar. Cuando un día de invierno sale el sol, un largo paseo o una carrera por la playa rematado con una cerveza y un buen arroz suena a un plan perfecto. Y esto (saltándome la parte del arroz por falta de acompañante) es justo lo que he hecho hoy.

Sábado por la mañana, sol radiante y ganas de pasear. He cogido un libro, música y me he ido a la Barceloneta. Si le dices a alguien de Barcelona que esta zona te gusta, es muy posible que te mire con cara de ‘tío, cómo se nota que no eres de aquí’. Vale, es territorio de guiris de esos que salen a tostarse con bermudas y chanclas aunque sea febrero pero… ¿sólo por eso hay que robarle todo el encanto?

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Mi relación con la Barceloneta es de amor-odio. En otoño e invierno me encanta ir por ahí. Me relaja ver el mar, sentarme a leer con el sol dándome en la cara y el viento que te despeina, me invita a pensar y me anima a observar qué hace la gente que pasea. Pero es cierto que en verano puede ser uno de los lugares más odiosos de toda la ciudad; atestado de gente que quiere venderte algo, de turistas borrachos con la piel color gamba o de graciosillos que intentan ligar.

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Cosas que he aprendido en el último año

Creo que escribo este post para mí misma. Hoy se cumple justo un año desde que llegué a Barcelona y necesitaba hacer un balance personal de lo que ha pasado en este tiempo.

Hace 365 días aterrizaba con muy pocas ganas en una ciudad en la que no me apetecía estar. Lo hacía por un buen motivo profesional, pero en un momento en que lo que me pedía el cuerpo era estar en otra parte.

Por segundo año consecutivo, mi vida cambiaba un 6 de febrero. En 2012 ese día llegué a Dublín para pasar casi 9 meses allí que fueron estupendos. En 2013, el 6 de febrero volvía a reiniciar mi vida en un momento en el que estaba aprendiendo a disfrutar por primera vez de las pequeñas cosas.

Todo estaba bien en ese momento, salvo el trabajo. ¡Ups! Un factor importante. Así que cuando salió la oportunidad de incorporarme a un proyecto muy interesante en Barcelona, no pude negarme. Eso era lo que decía la parte racional de mi cabeza, el cerebro de la Ana profesional.

Venía con pocas ganas de estar lejos de aquellos a los que estaba logrando disfrutar tanto desde la vuelta de Dublín, así que eso lo complicaba todo. Tenía la sensación de que iba a costarme adaptarme a vivir en Barcelona (¡muchos me lo decían antes de llegar!) pero jamás me imaginé que los primeros meses me iban a resultar tan duros. ¡Jolín, que yo he sobrevivido a vivir en distintas ciudades y siempre sin problemas! ¿Por qué ahora iba a ser diferente? Pues sí, resultó serlo.

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Visitar Sitges. Paseos y tranquilidad.

Cuando llevas un tiempo viviendo en Barcelona, dedicar un día a pasear por Sitges es una opción fabulosa. Elige un fin de semana con sol (disfrutar de una zona donde el mar es gran parte del encanto es muy difícil con lluvia, viento y frío) y en el que tengas ganas de caminar sin mayores pretensiones que disfrutar de las calles, el paisaje, el mar y la compañía.

No esperes grandes museos ni una jornada atareada de cosas que ver con un mapa en la mano; ve a Sitges buscando un día de descanso acompañado de buena comida y agradables paseos.

Un poco de historia. Sitges y el modernismo.

Sitges vivió durante el s.XIX una época floreciente. Allí llegó Santiago Rusiñol en 1891, quien convertiría a este pueblo de la costa catalana en la cuna del modernismo que poco después pondría en el punto de mira internacional a Barcelona.
Sitges sirvió entre 1892 y 1899 de lugar de encuentro para los artitas modernistas. Aquí organizó Rusiñol las cinco fiestas que congregaron a los literatos, músicos, críticos, escultores y pintores más importantes de Cataluña y que hicieron que este pueblo marinero se convirtiera en la Meca del Modernismo.

Si vas a Sitges con ganas de algo más que sol, comida y paseos por la playa, todo lo interesante que verás en su centro histórico será modernista.

Llegamos a Sitges en tren desde Barcelona. Nada más salir de la estación y caminar hacia el centro, comenzamos a ver algunas de las casas modernistas que todavía conservan con mimo; unas en proceso de restauración y otras convertidas en preciosos hoteles o restaurantes. Los responsables de estas edificaciones fueron en su mayoría los “hijos” de la villa de Sitges que volvieron ricos de las colonias españolas y se convirtieron en una nueva burguesía que, cansada de la estética de los edificios de la época de la industrialización, deseaban destacar construyéndose pequeños palacetes de estética modernista.

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¿Qué puedes visitar?

Mi consejo es que sigas las recomendaciones que encontrarás de rutas modernistas. Partiendo desde la estación de tren, llegarás por la calle L’Illa de Cuba o calle Francesc Gumà hasta Cap de la Vila y en ese tramo ya habrás tenido la suerte de encontrarte con varias fachadas modernistas. Continue reading

Exposición “Desde dentro” en Fundación Foto Colectania Barcelona

Llevaba tiempo queriendo ver algunas fotos de Alberto García-Alix, así que cuando vi que participaba en la exposición ‘Desde dentro‘ en la Fundación Foto Colectania no me lo pensé. Además, tenía ganas de conocer esta Fundación de fotografía que no me pilla lejos de casa. Ya tenía dos excusas para no perdérmela.

‘Desde dentro’ tiene la intención de presentar una muestra fotográfica con la introspección como punto esencial de la mirada de varios fotógrafos: Vari Caramés, Toni Catany, Gabriel Cualladó, Ferrán Freixa, Alberto García-Alix, Paco Gómez y Humberto Rivas.

Foto Colectania

Proponen un recorrido por una nueva mirada fotográfica que se manifestó a partir de los años ’60, cuando algunos empezaban a alejarse del documentalistmo y entendían la fotografía como algo más íntimo. Supongo que lo hacían como necesidad de fotografiar de una manera más pausada y alejándose de la ‘obligación’ de que cada foto contase algo social para buscar contar algo personal.

Si tenéis ocasión, os animo a acercaros. El espacio es pequeño pero muy agradable y tienen una biblioteca con muchísimos libros de fotografía de libre consulta en los que podrás perder más tiempo si cuando termines de ver las fotos te quedas con ganas de más.