Vivir es elegir e intentar escoger bien

Hoy he hecho un experimento conmigo misma que reconozco me convierte en una friki muy friki. Ayer pensaba en que nos pasamos la vida eligiendo entre cosas, sean más o menos trascendentes. Y al final la vida va de eso; de tomar decisiones, elegir la que crees la mejor de las opciones, cagarla lo menos posible y saber rectificar cuando lo hagas.

Ese pensamiento me llevó a hacer algo muy friki. Contar cuántas veces he sido consciente en el día de hoy de elegir entre más de una opción, aunque sea con la cosa más absurda. He contado 37. Seguro que han sido más, pero ésas son aquellas de las que he sido consciente.

20130114-163258.jpgNo creáis que elegimos poco. La primera elección ha sido nada más despertarme. ¿Leo las noticias en la cama con el ipad o me bajo y lo hago mientras desayuno? ¿Desayuno y me doy una ducha luego o viceversa? ¿Café o té? Venga, café. ¿Normal o descafeinado? ¿Azúcar blanca o moreno? ¿Calzado cómodo pero con menos glamour o zapato monísimo pero que hará que me duelan los pies en dos horas? ¿Salgo antes de comer y vuelvo o como y salgo después con calma? ¿Voy al centro caminando o pillo el metro? Es probable que llueva pero nunca se sabe así que ¿me la juego con ese paraguas plegable que no servirá de nada si llueve fuerte o me arriesgo a cargar todo el día con un paraguas de verdad aunque dentro de media hora salga el sol? Me he dejado los guantes en casa ¿vuelvo a por ellos o paso? Me congelaré las manos, lo sé. Ups, debería haber mandado aquel email ayer… ¿Lo hago hoy y pido disculpas o me hago la loca? Voy a una tienda a comprar un detalle para la cena de hoy ¿dulce o salado? Paseo y pienso en que dentro de dos días me vuelvo a España. Esto ha sido sólo una visita pero me gusta esta ciudad, me siento cómoda descubriendo algo nuevo cada día. Pero no he encontrado un trabajo en mi área aquí. ¿Está bien volverme a buscar un hueco en mi profesión o quizás podría probar y quedarme haciendo cualquier cosa y ver a dónde nos lleva esto? He terminado un libro y quiero comprarme otro. Caigo en la cuenta de que vale 28 euros y recuerdo que un kindle sólo cuesta 80. ¿Estaría bien comprarlo o estoy acertada cuando pienso que no quiero otro chisme electrónico más? Hora de comer… A ver, ¿el bar tradicional o el moderno con internet?

Así hasta 37 cosas que haya contado. Me habré dejado muchas otras por el camino. De hecho, ahora mismo me estoy preguntando si cierro el iPad y me voy a casa o si aprovecho y me doy otro paseo aunque haga un frío de mil demonios.

No me juzguéis demasiado mal, ya dije al principio que era un post muy friki. Pensé si escribir este post y confesarlo o no hacerlo; finalmente opté por lo primero. Puede que me equivoque y dentro de unos meses lo vea como ese post que te parece tan absurdo que entras y lo borras del archivo del blog. Quién sabe.

Pero hice lo que tenía que hacer. Pensar, decidir e intentar no cagarla. Al final la vida va de eso, de decisiones.

 

¿Somos la generación X?

He leído esta mañana un blog que me ha hecho pensar mucho. Más aún cuando tiene que firmarlo una persona anónima. Tengo 30 años, así que parece ser que pertenezco a la Generación X. Me acabo de enterar, pero la descripción que leo me convence.

La generación X fuimos la primera que verdaderamente volvimos locos a los directivos de marketing. Éramos muy difíciles de categorizar, éramos cada uno de un padre y una madre. Con el inicio de internet, cada uno podía seguir los intereses más diversos con relativamente pocos recursos, y eso dio para muchísimos artículos.

Pero de repente, desaparecimos. El foco pasó a los Baby Boomers y al batiburrillo de generaciones que han venido después y que nadie se ha atrevido si quiera a categorizar por lo heterogéneo de ellas. Eso sí, de estas generaciones Y o Z, ya no sólo está mejor visto que emprendan, sino que dada la situación económica, es casi su obligación. Pero es que además, son los que llaman nativos digitales, son los que saben todo sobre redes sociales, nuevas tecnologías y son además mucho más divertidos que nosotros, que éramos unos pasotas y unos quejicas.

Estamos a medio camino: no tenemos la experiencia de los que llegaron alto cuando todavía creíamos en la titulitis y en que, para llegar a ser algo en la vida, cuantos más títulos universitarios tuvieras, mejor que mejor; pero tampoco somos los jóvenes hiperpreparados que vienen detrás con idiomas, tecnólogos, más jóvenes y más baratos que nosotros.

Sin embargo, no creo que esto nos convierta en inútiles. Tenemos la suerte de ser la primera generación que es analógica y digital al mismo tiempo. Hemos vivido el cambio, conocemos lo antiguo pero nos hemos adaptado.

Tenemos la experiencia. Estamos muy curtidos de vivir en el “mundo real”. Sabemos lo difícil que es vender, y lo difícil que es crear estrategias e implementarlas. Pero sabemos hacerlo. Tenemos también la experiencia del mundo físico. Todo el mundo habla de que la revolución que viene va a ser en la fabricación, en lo físico.

Somos la única generación que somos nativos digitales y analógicos, sabemos que las cosas se fabrican, no sólo existen en una pantalla. Tenemos también experiencia en trabajar con personas, en liderar, en hacer equipo y de estar a las duras y a las maduras. Y también sentimos que las empresas deben de ser sitios más respetuosos con el medio y con las personas. Hemos vivido de primera mano el ambiente corporativo y sabemos lo que funciona y lo que no funciona.

Con todo esto, ¿qué hacemos? Quiero pensar que hay un hueco esperándonos. Yo intento encontrar el mío, con trabajo, esfuerzo y preparación. Una recomendación con la que me quedo:

Recomendaciones para quien no os sintáis preparados: no pierdas contacto con las nuevas tecnologías. No dejes de interesarte por las nuevas tendencias en los negocios. No pierdas contacto con los jóvenes (de verdad) para intentar comprenderlos, recuerda que serán tus clientes. Y sobre todo, empieza a perder el miedo que tenemos desde nuestra juventud a emprender. El mundo ha cambiado, las empresas no duran 100 años, y los puestos de trabajo duran menos. Los únicos que durarán, serán los que creemos nosotros.

Cosas que no cuestan casi nada

Hacer un regalo, por ridículo o barato que sea, me pone de buen humor; es más, me hace feliz. Si encima lo haces sin motivo aparente, sin que sea una fecha señalada, sin que la otra persona lo espere, me hace doblemente feliz. Si para colmo no iba buscando el regalo, sino que simplemente me he cruzado con algo por la calle que me ha hecho pensar en otra persona y sencillamente he decidido comprarlo porque se que le gustará, la felicidad es triple. Y ¡llamadme loca! pero incluso puede ser felicidad cuádruple cuando das ese regalo y lo reciben con cara de sorpresa y agradecimiento sincero.

Hoy he sentido esa cuádruple felicidad por el módico precio de 5 euros y me ha servido para recargar pilas pensando en cuánto mejor nos iría si nos apoyásemos más en esas cosas de valor que no cuestan nada o prácticamente nada.

Iba de camino por O’Conell Street a mi clase particular en Parnell Square. Mientras hacía tiempo -porque he llegado 15 minutos antes, como de costumbre- he entrado en una gran librería que me encanta y que me pilla justo al lado. Confieso que, de no ser porque no tengo forma económica de llevarlos después a España, compraría ahí montones de libros. Es de esos sitios que acumulan libros y de vez en cuando venden los que cuestan 100 euros (libros de viajes, fotografía, países -que son mis favoritos-) con una encuadernación excelente a un precio de risa.

En un pasillo de libros de fotografía me he encontrado con un libro que pensé que le encantaría a mi madre irlandesa. No es fanática de la lectura, pero sí de la televisión, especialmente del canal nacional RTE que pasa mucho tiempo viendo cuando fuera llueve. “Off Camera: Images of the early years of RTE Television“, un libro que hace un recorrido por la historia de los primeros 50 años de vida de la cadena a través de fotografías.

Lo miré, fuí directa a la caja y lo compré por 4’45 euros. He llegado a casa y se lo he dado. Se ha emocionado y ha soltado unos veinte ‘Oh my god!‘ de alegría mientras ojeaba las primeras páginas. No podía creerse que existiera un libro de fotos que le trajera de repente a la memoria 40 años de su vida.

Hemos cenado con el libro en la mesa y ha empezado a contarme una tras otra historias del país, de su cultura y de su infancia, adolescencia y juventud a partir de las fotos de programas, políticos, famosos y desconocidos que pasaron por delante de las cámaras hace entre 20 y 50 años.

Después he salido a dar un paseo. Y cuando he vuelto, me la he encontrado con las gafas puestas, leyendo y con más historias que contarme. De hecho, ya había ido a enseñárselo orgullosa a su vecina mientras yo estaba fuera. Me ha costado cortar la conversación para subir a dormir. Hemos quedado en que mañana me contará más. Sospecho que el libro valdrá para varias conversaciones. Y después, tendré que empezar a buscar el segundo volumen.

Treintañeros, la generación perdida

El próximo 31 de agosto cumpliré 30 años. Nací en el 82, con naranjito. Fui a la universidad y me esforcé porque me prometieron un buen futuro. Estudié periodismo y tuve la suerte de empezar a trabajar antes incluso de terminar la carrera. Aunque con mucho esfuerzo, estuve trabajando ininterrumpidamente durante 7 años. No iba mal.

Pero vieron que me acercaba a los 30 y no podía escaparme de ser una más de la generación perdida. En agosto me quedé sin trabajo y ahora sigo formándome con la esperanza de que encontraré de nuevo una buena salida profesional.

Se que no será fácil. Pero me niego a pensar que todo esto no tendrá un final feliz. De momento, he decidido ayudar a la gente de Anicet Lavodrama. Para que demostrar que, a pesar de todo, los treintañeros seguimos vivos.

Necesitaría ser un pulpo

Me gusta la sensación que tengo desde hace 2 meses. Tengo demasiado que aprender y mejorar, demasiadas cosas pendientes que hacer, demasiada gente con la que hablar, demasiadas cosas que mejorar, investigar o perfeccionar que duermo sólo lo necesario.

Hacía tiempo que no me pasaba y (creo que) empezaba a ser un problema. Cuando tienes tiempo casi de aburrirte o sencillamente te descubres en ocasiones sin nada que te impida irte a la cama sin remordimientos porque dejas cosas pendientes, es que algo pasa. Tu mente no tiene todo lo que necesita para estar felizmente ocupada con trabajo, placer o ambos a la vez.

Desconecto el cerebro tarde no porque quiera parar, sino porque se que tengo que hacerlo. Me despierto antes de que suene el despertador y aprovecho para hacer cosas antes de desayunar y activarme oficialmente.

Creo (y espero) que esto durará unos meses. Mi intención es que no pare durante al menos 40  o 50 años, por decir una cifra. Me gusta tener mi mente ocupada, estresada, con cosas pendientes. Odio las etapas en las que las cosas son tan relajadas o rutinarias que acabas desperdiciando el tiempo en el sofá.

Adoro tener tanto que aprender que siento que no me da tiempo. No me genera ansiedad; hay que saber medirse. Creo que estoy aprendiendo. Pero necesitaría que el día tuviera más horas.

Pero hace unos días estuve en el acuario en Bray y tuve una idea. ¿Y si tuviera más de 2 brazos y pudiera hacer una cosa distinta con cada uno? Querría ser un pulpo; necesitaría ser un pulpo. Eso sí que sería multitasking.

Brazos de pulpo

Cabeza de pulpo