Congo, el corazón de las tinieblas

Me ha encantado el post que ha escrito Zapateiro a propósito del reportaje publicado por El País Semanal donde Mario Vargas Llosa habla de los problemas que sufre el Congo.

¿Cómo podemos vivir pensando en el progreso mientras la mitad del mundo se desangra? ¿Cómo puede dejar de ser noticia África, con todo lo que allí está pasando?

Entre las sábanas no podía dejar de pensar si realmente hemos avanzado algo, cuando el hombre sigue siendo capaz de generar tanto odio. Cómo podemos decir con la cabeza bien alta que el siglo XX ha sido un siglo de conquistas de derechos cuando media humanidad se muere entre miseria.

Los que me conocen saben quien que Vargas Llosa no es santo de mi devoción, pero tengo que reconocer que aquí habla con un claridad que pesa sobre la conciencia del lector:

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>> Sobre las violaciones de mujeres:  «Aquí, el sexo no tiene nada que ver con el placer, sólo con el odio. Es una manera de humillar y desmoralizar al adversario» (…) «A este consultorio llegan a diario mujeres, niñas, violadas con bastones, ramas, cuchillos, bayonetas. El terror colectivo es perfectamente explicable».

>> Sobre la sanidad pretendidamente pública: «Como el Gobierno carece de medios para pagar a sus médicos, la medicina pública se ha discretamente privatizado en el Congo, y los hospitales, consultorios y centros de salud públicos en verdad no lo son, y sus doctores, enfermeros y administradores cobran a los pacientes. De este modo violan la ley, pero si no lo hicieran, se morirían de hambre».

>> Sobre la riqueza del Congo: «Se trata de un país muy rico, con minas de zinc, de cobre, de plata, de oro, del ahora codiciado coltán, con un enorme potencial agrícola, ganadero y agroindustrial. ¿Qué le hace falta para aprovechar sus incontables recursos? Cosas por ahora muy difíciles de alcanzar: paz, orden, legalidad, instituciones, libertad. Nada de ello existe ni existirá en el Congo por buen tiempo».

De parte de la princesa muerta

de-parte-de-la-princesa-muerta-i0n618048 La periodista Kenizé Mourad nació en en el París de la Segunda Guerra Mundial en 1942. Es hija de Selma, la última princesa turca, y un rajá indio de la región de Badalpur.

Su madre murió cuando ella contaba apenas unos meses de vida y se crió en un orfanato. Hasta los quince años ignoró quiénes eran sus padres, pero más tarde indagó en sus raíces y de ese trabajo salió este magnífico libro. En él narra la vida de su madre como homenaje a la princesa que en otro tiempo fue.

Nos acerca a la infancia de Selma y su vida en la corte otomana. Narra la caída de los sultanes y  este imperio en la primera guerra mundial en una Turquía vencida, continúa con una difícil adolescencia en Beirut (Líbano) y pasa por un matrimonio en una India agitada por los movimientos de independencia de Inglaterra y las revueltas entre indúes y musulmanes hasta llegar al París de 1940 azotado por el ejército alemán de Hitler.

La vida de la princesa sirve a la autora como hilo para hablarnos no sólo de la historia de una mujer que se movió entre la grandeza y la miseria, sino también de la idiosincracia de las diferentes culturas en las que desarrolló su vida.

Es una novela con la que he aprendido un poco de historia, he profundizado en costumbres de otras culturas, me he sorprendido cabreada, indignada, incrédula… Ahora me quedo con ganas de más.

Por suerte, Kenizé Mourad me deja trabajo pendiente con «Un jardín en Badalpur» donde cuenta la historia de cómo viajó a la India para conocer a su padre y acabó volviendo a París en busca de la libertad que su madre sólo pudo conquistar al final de su vida.