La lista de Schindler

Acabo de terminar de ver esta película por primera vez en mi vida y tengo un asfixiante nudo en el estómago. Ni siquiera he sido capaz de llorar. Ahora mismo mi mente trabaja a mil por hora intentando comprender lo que se que es absolutamente incomprensible y mis sentimientos andan divididos en trozos.

Por un lado, sólo acierto a sentir una profunda tristeza, pena y horror. Por otro, siento infinito odio, asco, repulsión, repugnancia, ganas de vomitar. Sin embargo, en el fondo todo esto se alivia con una gratificante alegría. Acabo de ver lo mejor y lo peor del ser humano. Los que hayan visto la historia, se imaginarán de qué hablo; para los demás, hablaré sólo lo justo para no estropearla.

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El régimen nazi de Hitler llevó a cabo el mayor genocidio de la historia. Durante los años de su gobierno fueron asesinados casi 6 millones de judíos. La lista de Schindler nos acerca a la realidad de sólo 1.100 de ellos.

Nos cuenta la historia real de Oskar Shindler y comienza en una Cracovia (Polonia) bajo un desarrollado régimen nazi. Schindler comienza siendo un empresario alemán dispuesto a beneficiarse de la guerra utilizando mano de obra judía para abrir una fábrica de esmaltados de uso militar.

Poco a poco entra en contacto con la realidad que vive la población judía y termina luchando por la vida de algunos de ellos intentando sacarlos de su campo de concentración. Es un perfecto, cruel y duro retrato de los campos de exterminio.

Me pregunto cómo el ser humano puede llegar a albergar tanta sin razón, cómo fue posible que unos cuantos cometieran las barbaridades que cometieron siendo capaces de conciliar el sueño por las noches y, aún más, creyendo firmemente en que hacían lo correcto. Me pregunto cómo alguien puede tratar a seres humanos como si fueran poco más que cucarachas, ratas o piojos y no darse cuenta del sin sentido de lo que hace.

Pero al final me queda un poco de esperanza. Porque, entre tanto sin sentido, encuentro a un personaje que fue capaz de apartar el odio y la sin razón para traer un poco de justicia a un significante número de gente. Como dice el final de la película «Quien salva una vida, salva al mundo entero«.

Lo tremendo del despido de Jorge Ibeas

Se que llego tarde a comentar esta noticia, pero no podía perdonarme el no haber dicho nada al respecto. Jorge Ibeas se ha convertido ya en algo así como un héroe del periodismo.

Ibeas trabajaba en Canal Bizkaia, una cadena en la que se han sucedido en los últimos meses los despidos. El último conocido ha sido el suyo. Después de que pusieran en la calle a 5 compañeros, Ibeas se atrevió a denunciar en su programa la disconformidad con estas decisiones y a criticar directamente la incompetencia de su jefe.

Obviamente, lo han echado por una falta grave y sin indemnización. Imagino que Jorge ya sabía que eso ocurriría mientras lo hacía, pero decidió irse cantando verdades y demostrando tener agallas. Por desgracia, cada vez más vemos que en el periodismo se buscan meros reproductores de notas de prensa y se crucifica a las mentes críticas, consecuentes y que quieren contar las cosas como de verdad son, sin maquillaje alguno.

Ha demostrado ser un profesional de raza y aunque muchos medios deberían estar rifándoselo, todavía sigue sin trabajo. Como dice Sergio, ése es el problema de las empresas periodísticas.


También Perogrullo ha dicho las cosas claras en este asunto

Cuanto mayor es el escepticismo de los periodistas, cuanto más crítica lleven puesta ente las orejas y menos se crean la propaganda y el masajeo de datos con que empresas, organizaciones e instituciones bombardean a los medios, mejor será el producto. La gente de la prensa tiene que ser agresiva, descreída, desconfiada y recelosa para que lo que escriben, presentan o locutan tenga algún interés. De lo contrario el periodismo que producen es banal, plano, una mera traslación de comunicados de prensa y relaciones públicas; en suma, algo carente de interés.

Pero es cierto que en el mundo de la empresa los Jorges Ibeas no son bien recibidos. Las empresas de la Era Industrial son estrictamente jerárquicas y conceden un valor desproporcionado a la obediencia y el amoldamiento a la cultura particular de la compañía. El conformismo personal se sobreentiende, valora y demanda; la crítica se rechaza y castiga.